La diabetes y el hígado: cómo prevenir el daño silencioso

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Siete de cada diez personas con diabetes mal controlada tiene problemas en el hígado

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El hígado es la “fábrica central” de producción de energía y metabolismo de sustancias en el cuerpo. Por esta razón, cuando la glucosa está elevada, el metabolismo hepático se altera: 

  • Cuando comemos, los nutrientes ingresan del intestino y llegan hacia el hígado, transportados por la sangre. Después de ser procesados, los nutrientes se distribuyen a todo el cuerpo, para su uso o almacenamiento.
  • En ausencia de la hormona insulina, el hígado tiene problemas para metabolizar el azúcar o glucosa. Entonces, el azúcar permanece alta en la sangre, en vez de almacenarse en el hígado y los músculos en forma de glucógeno.
  • Si tu glucosa está por arriba de 100 mg/dl o más baja después que antes de las comidas, esto se debe a resistencia a la insulina en el hígado.
  • Si la cantidad de fructosa (el azúcar de las frutas) es mayor que la capacidad del hígado para guardarla, el hígado la convierte en triglicéridos. Por esta razón, la diabetes mal controlada causa elevación de las grasas en la sangre (triglicéridos y colesterol)
  • El manejo inadecuado de la fructosa también causa elevación de ácido úrico, la causa principal de la gota (depósitos de ácido úrico en los tejidos blandos)

¿Cuáles son los síntomas y signos de enfermedad hepática?

  • Los triglicéridos (grasas derivadas de los carbohidratos) altos se acumulan en el hígado. Esto se conoce como infiltración grasa
  • El hígado aumenta de tamaño (hepatomegalia) y puede ser doloroso.
  • Síntomas comunes en esta etapa son dolor debajo de las costillas, hacia el lado derecho del abdomen, náusea antes de las comidas y sensación de llenura o plenitud.
  • Se alteran las enzimas hepáticas, llamadas transaminasas. Esta es una señal temprana de daño en la función hepática. La inflamación hepática secundaria al trastorno metabólico se conoce como estatohepatitis. 
  • Si el problema continua, el hígado empieza a mostrar daño permanente. Este daño consiste en la pérdida de la elasticidad del hígado y de su capacidad para regenerarse. Se debe a que el tejido sano se transforma en tejido rígido, lo que se conoce como fibrosis y lleva a cirrosis, que es el daño irreversible en el hígado.
  • Cuando hay cirrosis o daño hepático severo, pueden presentarse pérdida de peso, problemas de coagulación, como baja en el recuento de plaquetas, tendencia al sangrado, piel amarilla y otras alteraciones de fallo hepático.

¿Qué factores afectan la enfermedad hepática?

El hígado es un órgano muy noble. Si lo tratamos bien, se puede regenerar y normalizar su función. La gran mayoría de personas con hígado graso se pueden recuperar, SIN desarrollar daño permanente del hígado.

Entre los factores importantes que afectan la evolución de la enfermedad hepática están

  • El alcohol es un tóxico directo para el hígado. Por esto, se recomienda evitarlo al máximo si hay infiltración grasa del hígado por causas metabólicas. 
  • El cigarrillo empeora la circulación hepática
  • Algunos medicamentos y suplementos alimenticios pueden afectar la función hepática. Por eso, antes de consumirlos, necesitas consultar a tu médico.
  • La diabetes mal controlada, la hiperglucemia o glucosa elevada, es una de las mayores causas de progresión de la enfermedad hepática. 
  • Aunque parezca raro, hay una fuerte relación entre el hígado graso, la resistencia a la insulina y la apnea obstructiva del sueño.

En cambio, factores que pueden mejorar la función hepática incluyen un buen manejo de la glucosa, evitar el consumo de alcohol, evitar automedicarse (incluso con suplementos o productos naturales); hacer ejercicio regular, manejar el ácido úrico y las grasas en la sangre. 

¿Cómo prevenir el hígado graso y la cirrosis hepática?

  • Primero, mantén la diabetes lo mejor manejada que sea posible. 
  • Realiza un examen físico por lo menos una vez al año. Pide a tu médico que evalúe tu hígado y el bazo. Que examinen tu piel y otros signos clínicos de daño hepático.
  • Realiza exámenes de sangre. Primero una hematología completa, para ver tus plaquetas; exámenes de coagulación; enzimas hepáticas (TGP, TGO, GGT y fosfatasa alcalina).
  • Realiza un ultrasonido hepático. Si el ultrasonido muestra que hay hígado graso, es conveniente evaluar la elasticidad del hígado, con un estudio especial que se llama elastografía hepática. 

En resumen, recuerda que el hígado es un órgano que puede regenerarse cuando se controlan los factores metabólicos ¡y entre más temprano lo hagas, mejor!. Si deseas más información, o quieres programar tu cita para evaluación hepática, contáctanos aquí

 
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